Discriminar...

Por: Alfonso Villalva/ @avp_a

Presidente de Patronato de Fondo Unido México

Discriminar: como costumbre, como acto reflejo, como hábito social. Discriminar por acción de la in­ercia de la vida, por formas maltrechas del devenir cultural, por presión de los demás, por pertenecer nosotros mismos.

Discriminar, fundamentalmente, por ignorancia y acumulación, legendaria a veces, de prejuicios, de preconcepciones que han desarrollado raíz incluso en el núcleo familiar, en la aventura de vivir la rutina diaria, en el mensaje tan directo que comunica a un recién nacido con la leche de mamá.

Escucho y leo en muchos sitios, comentarios, posturas, condenas y hasta acciones -discriminatorias en sí mismas también-, respecto de los sujetos que llevan a cabo la acción de discriminar y de la te­orización del hecho mismo de hacerlo. Sin restarle valor al análisis, y mucho menos a la profundización del fenómeno de manera científica y teórica, contrasta el hecho de que existe mucho menor volumen de información, opinión, disponible para cualquier persona, y disquisiciones en relación a los efectos directos e indirectos en una vida como la tuya y la mía, causados por la discriminación: todas esas opor­tunidades que se pierden, todo ese sufrimiento, toda esa calidad que se aniquila en nuestra vida; la can­celación total o parcial de nuestra posibilidad de desarrollo integral para desplegar nuestro potencial; los sueños por descubrir.

La discriminación es básicamente una acción de desplazamiento, de impedimento. Genera una barrera artificial en el camino pleno y libre de la víctima hacia el ejercicio completo de sus derechos. Su mani­festación es múltiple e inagotable pues tiene como elemento esencial la posibilidad de presentarse en todos los ámbitos de nuestra vida: equidad en ingresos por trabajo igual, oportunidades de estudio, garantía de decidir, en fin, en las consecuencias de nuestros actos o nuestras omisiones.

Se discrimina en México por razones de color de piel, raza, idioma hablado, género, geografía -hasta por el barrio que habitamos-, confesión religiosa, convicciones, principios éticos, edad, nuestras dis­capacidades, vaya, hasta por el deporte que cada cual ha de preferir. Curiosamente quienes discriminan a otros son frecuentemente víctimas de la discriminación también. La cultura de la discriminación se robustece en la revancha.

Hay leyes, organizaciones, instituciones públicas, expertos, pero solamente podremos mudar a una vida más plena y a un desarrollo individual robusto en la medida que transformemos esa cultura actual de discriminación por una actitud colectiva incluyente y respetuosa. Todo ese valor que perdemos en co­munidad al cancelar el desarrollo de quienes sufren discriminación, es valor que, de recuperarlo, como individuos nos aproximará a eso que tanto declaramos y añoramos, pero que acaba diluyéndose y ale­jándose en ese plano personal pues no se articula en la plataforma gremial de quienes nos rodean. Nos aproximará a que todos podamos recorrer los caminos de nuestra vida para libremente elegir nuestro potencial por descubrir...